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2015-09-05

México en una Laguna (de Aguas Negras)

+CálamoyAlquimia Revista | +Silvia Meave 

Carlos Fuentes pudo haber imaginado una imagen que circuló en medios de comunicación y redes sociales el 3 de Septiembre, 2015, para su novela Cristóbal Nonato, en la que como profecía apocalíptica la Ciudad de México desaparece en una gran inundación fecal.

En cuestión de minutos, en medio de una tormenta veraniega, el Anillo Periférico, a la altura de Boulevard Adolfo López Mateos y Avenida San Antonio, uno de los entronques fundamentales en la vialidad de la ciudad más grande de América Latina, se convirtió en un hediondo lago en el que flotaban toda clase de automóviles, autobuses, motocicletas y camiones de carga, cuyos ocupantes sólo tuvieron tiempo para subirse a los techos de sus respectivos vehículos, a la espera de ser rescatados.

Policías, bomberos y rescatistas llegaron, unos en lanchas y otros caminando sumergidos en el agua sucia que les llegaba al pecho, para ayudar a los ciudadanos que en el trayecto a sus actividades cotidianas se quedaron en una inundación de esas que para efectos oficiales es un mero “encharcamiento” de metro y medio.

Las fotografías de los testigos (muchos también protagonistas) - que sin duda son estampas para la historia - plasmaron un momento que define a la Ciudad de México de la segunda década del siglo veintiuno, con una infraestructura vial congestionada y un drenaje deficiente, sobre la que se erige un segundo piso administrado por particulares, al que sólo se accede mediante un pago.

Y desde ese segundo piso exclusivo para vehículos, como si hubiese un espectáculo, decenas de personas observaban el rescate de los pasajeros atrapados en los automóviles de la zona inundada. Eran los conductores que decidieron pagar un impuesto extra disfrazado de cuota voluntaria para transitar en una vía que, por su diseño, no se inunda porque cuando llueve, moja a todo el que va abajo. Esos conductores se bajaron de sus vehículos y decidieron obstruir el tráfico dentro del segundo piso para curiosear de lo que se habían perdido por andar en las alturas.

La basura emergía de la inundación en el Periférico, que al final fue la inundación de todas las calles, porque en una pesadilla alterna, a la misma hora, yo estaba en la entrada de la UNAM en una calle que paradójicamente se llama Cerro del Agua, sorteando dentro de un auto decenas de botellas flotantes de cocacola llenas de orines, pedazos de tortas y otros restos de comida, envolturas de plástico de todo tipo, así como un sinfin de porquerías sospechosas.

Las calles están llenas de basura; pero el drenaje de la capital no ha recibido mantenimiento mayor desde 2000, cuando Rosario Robles Berlanga, hoy secretaria de Desarrollo Agrario del gobierno federal, era jefa de Gobierno de la Ciudad de México, y emprendió una renovación del mismo.

Han pasado quince años desde entonces y aunque periódicamente se desasolva el drenaje urbano, es un hecho irrefutable que la destrucción del ecosistema por la construcción de innumerables asentamientos multifamiliares y vías vehiculares, sin respeto de áreas verdes y cuencas hídricas tiene a la Ciudad de México al borde del colapso.

Porque México quiere ser un lago una vez más. Es su naturaleza. Y el agua no encuentra su cauce. Es una paradoja y un crimen que siendo un bien tan escaso, el agua limpia de la lluvia no se capte adecuadamente para dotar de líquido potable a una urbe sísmica en la que proliferan enormes edificios, y las cisternas terminen contaminándose con las inundaciones que provienen de un drenaje que no da para más.

Los gobiernos locales de los últimos diez años, enquistados en una apócrifa Izquierda que usufructuó el espíritu democrático de la clase media ilustrada de la capital mexicana, han querido venderle a la ciudadanía la fantasía de una urbe con rascacielos y autopistas superpuestas que evocan una sombría modernidad al estilo Dark City (Alex Proyas, 1998) o Metropolis (Fritz Lang, 1927), como sinónimo de desarrollo.

Los ricos de la ciudad pagan para que sus autos de lujo transiten sin problemas en vías elevadas y con sus smartphones de última generación toman fotos del chapoteo de los oficinistas pobres en la mierda del drenaje, que sólo tienen la opción de hacerse una selfie con el anónimo, pero afable rescatista que expone la piel para cumplir con su trabajo. <<>>