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2010-06-27

Coup d'Etat Corporativo

cálamo & alquimia® | @silviameave

Era la primera vez que venían a México, querían conocer el Centro Histórico y tomarse una fotografía al pie del asta bandera monumental con el Palacio Nacional al fondo. Nikolai, Dagmara y Natasha abordaron el metro desde Coyoacán y al querer salir de la estación Zócalo encontraron que las puertas que daban a la Plaza de la Constitución y el Palacio Nacional estaban cerradas, sin explicación. Dieron varias vueltas dentro de la estación, algo confundidos porque un guía de turistas en su país les había advertido que no se desviaran mucho del camino, que había que andar alerta entre la multitud y cuidar las carteras "para que no les vieran la cara de extranjeros".

Sin opciones, salieron de la estación en fila, junto con un numeroso grupo de personas que se apretujaban en el pequeño espacio de un pasillo que daba a una de las salidas laterales. Cual topos asustados, en el último peldaño de la escalinata que lleva a la catedral metropolitana, emergieron a la luz del día para detenerse ante una muralla de granaderos que les daban la espalda. Ante esa incierta bienvenida, Nikolai dudó por un momento en salir de la estación con sus amigas, pero al girar la cabeza hacia la izquierda y ver que la famosa Plaza de la Constitución que había mirado decenas de veces en postales y documentales se había convertido en un bunker amurallado, se sobresaltó y por instinto preguntó en español casi perfecto a uno de los policías: ¿Oficial, pasa algo?

-AAaaahhh, noooo -respondió el granadero, esforzado en mantenerse firme, sin cambiar de posición y sin mirar a Nikolai, intentando aparentar más estatura. -'Tán viendo el partiiidoooo, nomás cuidamos el oooordennn.

Nikolai, confundido, pronunció un tímido "gracias" y con un gesto casi imperceptible, invitó a sus amigas a seguirlo. El trío dio una vuelta exploratoria del Zócalo en busca del mejor ángulo para tomar sus fotografías. Sin embargo, para donde voltearan, ahí lo que sobresalía no era la mejor perspectiva del Palacio Nacional ni el edificio del Ayuntamiento que estaba en reparación, repleto de andamios y hombres araña remozándolo. Tampoco había la posibilidad de tomar una vista completa de la catedral. Para donde se posaran los ojos del vacacionista en el tour mochilero que siempre soñó, al lado de sus dos mejores amigas, sólo resaltaban unas columnas de anuncios espectaculares: Sony, CocaCola, Emirates, Hyundai, Televisa... y quizá otros más que se sumaran a la ¿conquista? ¿ocupación extranjera? del corazón de un país que -le contaron- se disponía a conmemorar el bicentenario de su independencia de la corona española.

Infructuosamente, Nikolai, Dagmara y Natasha buscaron un espacio para tomarse la foto en el asta bandera, pero no había lugar para obtener una buena imagen, en la cual, la gigantesca bandera mexicana flotara majestuosa y libre entre los edificios antiguos que la rodeaban, tal como en las imágenes de la web. Sony y CocaCola se interponían en su sesión fotográfica y eso comenzaba a exasperarlo. ¿Había viajado tan lejos y pagado tanto dinero únicamente para estar en el Zócalo expropiado por empresas multinacionales que divertían al vulgo en un no tan improvisado, pero sí ruidoso mini-estadio con cancha virtual, proyectada en una pantalla gigante?

Los policías, a pesar de todo, lo intimidaban. Cumplían a cabalidad la única función en la que habían sido asignados: Abrir el paso a los pamboleros efímeramente empoderados por el sueño corporativo del improbable triunfo basado en la mercadotecnia.

Una edecán rubia a fuerza de tintes capilares presumió a Natasha, observadora incrédula de la ocupación corporativa del corazón mexicano: "Aquí caben 100 mil personas todas juntas en una experiencia de diversión 24 horas, los siete días de la semana, mientras dure el Mundial" y entonces la turista empezó a calcular cuántos más hubiesen cabido y cuál hubiera sido el monto de utilidades generadas por su consumo, si los patrocinadores del evento pudiesen haber echado de ahí a aquel grupo de sindicalistas que, arrinconado en el extremo izquierdo de la plancha de asfalto, a pesar de todo ombligo del universo local, mantenía una huelga de hambre para protestar por alguna tropelía de los políticos al servicio del laissez faire.

-Qué mala onda que hayan dejado a los anorexicos, ¿no? Hacen que el Zócalo se vea naco -comentó a Natasha un fan futbolero con un enorme sombrero de paja tricolor (verde, blanco y rojo) que quiso ser gracioso; pero ella no entendía bien el español o fingió no entenderlo y comentó a Nikolai en su idioma: "¿Te das cuenta del simbolismo que hay en esta escena en plena plaza central de este país? Los sindicalistas en lucha, aislados, aferrados a esa esquina de la explanada en medio de la indiferencia de los fanáticos del fútbol, de los transeúntes, de los policías... ¿o son soldados?... Todo es culpa de Gorbachev".

Nikolai rió por no dejar, denotando algo de fastidio ante a las murallas de algo llamado FIFA Fan Fest, que había sido montado en plena plaza pública y celosamente custodiado por los chaparritos y estoicos policías mexicanos pagados por los impuestos de la clase trabajadora, entre los que se colaban multitudes de hombres de mayor estatura que los policías, disfrazados extravagantemente, así como decenas de mujeres con atuendos de playa y tacones que se esforzaban por pasar por rubias y se perdían tras la puerta de eso que obviamente era un centro de espectáculos habilitado en el Zócalo de la capital mexicana.

El trío de turistas europeos cruzó del Zócalo hacia el edificio del Portal del Mercader y ahí el empleado de un restaurante los invitó a subir a una terraza desde donde podrían ver lo que llamó el magnífico espectáculo de la Plaza de la Constitución. Nikolai contestó enojado, apenas con un leve acento extranjero: "¿Y qué carrajos hay que ver? ¿La sala de televisión al aire libre para desempleados en que se convirtió el espacio público de una ciudad que es patrimonio de la humanidad? ¿Dónde están los bailarrines prehispánicos que me dijerron que verría en el Zócalo? El empleado del restaurante se quedó callado y se esfumó de inmediato en el interior de su negocio.

Nikolai y sus amigas empezaron a preguntar, preguntar, preguntar, como turistas despistados, a todo el que se les atravesaba. Un hombre que esperaba cerca de la catedral para ser contratado como plomero por algún paseante afirmó que el gobierno organizaba conciertos, exposiciones y toda clase de eventos festivos en el Zócalo para evitar que el lugar se invada de activistas y grupos políticos que tienen algo que reclamar. Una transeúnte sólo exclamó: !más circo que pan! y siguió de frente, como si no le importara lo que hubiera a su paso. Un tipo alto, acompañado de un par de guardaespaldas, que -según el susurro de una voz anónima en tránsito- era conductor de televisión y se disponía a entrar a la fortaleza del fútbol, sonrió lujurioso ante una pregunta de Dagmara y le murmuró: "Pasa conmigo, nomás me esperas un ratito, te invito a comer y te contesto, ¿no?"

Dagmara, indignada, prefirió regresar al área del campamento de sindicalistas en huelga de hambre y empezó a twittear desde su celular a sus amigos al otro lado del mundo sobre lo que veía en el Zócalo: "México bicentenario independencia: festival corporativos multinacionales en plaza central"."Fans fútbol desplazan sindicalistas huelga hambre frente Palacio Nacional". "Bandera nacional atrapada en fortaleza corporativa al aire libre". "Imposibles fotos arquitectura histórica sin logo Sony o Coke", "imposible turismo cultural" y así siguió con una retahila de mensajes de tono equiparable a una crónica sobre las acciones de la Operación Barbarroja.

Por su lado, Nikolai, sin oportunidad de hacer tomas turísticas bonitas para su blog, empezó a fotografiar a los indígenas limosneros vigilados de reojo por los policías, apostados en las calles aledañas al Zócalo, a las decenas de locales comerciales abandonados cuyas cortinas metálicas graffiteadas son ahora la escenografía de los vendedores de piratería y a los llamados "coyotes" del Monte de Piedad que abordan a todo el que pasa a su lado, ofreciendo comprar boletas de empeño a buenos precios.

Al no encontrar a los chamanes bailarines, Nikolai se conformó con retratar a un lector de tarot apostado a la entrada de la catedral, a los desempleados que deambulan en los alrededores de la Plaza de la Constitución y a unas mujeres que como por arte de magia sacan en el momento preciso, de grandes bolsas de tela, tortillas y guisados para improvisar tacos que venden por una moneda a los burócratas de la zona.

De pronto, Nikolai fotografió una escena señalada por Natasha: Mientras varios policías bostezaban el hastío de defender lo indefendible (un desfile de estrellas del mundo del espectáculo que hacía su arribo escandaloso a la entrada del estadio virtual), un adolescente andrajoso graffiteaba con un gis negro el piso. Lo hacía a espaldas de los guardianes del orden, al tiempo que olía un trapo empapado de un químico indefinible para Natasha y Nikolai. El muchacho, con los ojos inyectados, escribió con buena caligrafía "México 1810-2010, 200 años sin futuro"; pero justo en ese instante, empezó a llover a cántaros y la gente buscó refugio en el bunker futbolero. Nikolai captó la imagen ("Yo en México", etiquetó la foto que posteó de inmediato en su Facebook):  El joven intoxicado que se sumió de inmediato en la primera atarjea que tuvo a su alcance, mientras la lluvia deslavaba en la euforia del marketing como estrategia de control sociopolítico, el efímero graffiti. <<>>




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2010-06-06

Y Tú, ¿Cuánta Violencia Consumes?

cálamo & alquimia® | @silviameave

¿Y tú, cuánta violencia estás consumiendo?... Anoche soñé que el tráfico sobre Periférico Sur, en la Ciudad de México, a la altura de las instalaciones del Instituto Federal Electoral (IFE) estaba prácticamente bloqueado. Sólo se podía pasar por el carril de alta velocidad, pero muy despacio -paradoja cotidiana filtrada al inconsciente- . Como ruido de fondo se escuchaban incesantes, sirenas de patrullas y ambulancias que invadían el carril central. Los paramédicos y algunos policías de tránsito procuraban que sus vehículos taparan una escena macabra: Desde el camellón que divide a los carriles centrales de la lateral del Periférico se desparramaban decenas de cadáveres -yo calculaba unos cuarenta o cincuenta- todos multilados y apilados unos sobre otros.

Las ropas que todavía tenían algunos cuerpos dejaban ver que eran policías federales. Yo no quería que mis acompañantes de viaje vieran la escena para que no se impresionaran y no tuvieran tuvieran pesadillas (eso era lo que realmente me preocupaba, ¡eh!), pero yo curiosa reportera, me bajaba del auto a preguntar qué demonios había pasado. Un funcionario de gobierno que dirigía el levantamiento de los cuerpos me decía que el esquema del crimen era el mismo de la masacre de Río Tula, pero que ahora tenía muchísima más saña que en el pasado. El funcionario no decía más, su expresión, incluso, era totalmente hermética y yo experimentaba la ansiedad de mantenerme más tiempo ahí para saber todo sobre el incidente, mezclada con el horror que a pesar de la costumbre de aceptar lo inimaginable, me provocaba la escena.

Hoy me levanté y googleé "Masacre de Río Tula". Ocurrió en 1981. Resulta que se descubrieron en el drenaje del estado de Hidalgo que desemboca en el río que da nombre al caso, varios cadáveres de presuntos delincuentes de origen colombiano y mexicano, ligados a asaltos bancarios y narcotráfico. Lo que parecía un ajuste de cuentas de la delincuencia dizque organizada, al final de cuentas fue una matanza perpetrada desde la cúpula de la corrupción gubernamental, la cual, por cierto, investigó el periodista Manuel Buendía y tres años después fue asesinado por órdenes de esta misma cúpula, encabezada por el entonces director de la policía capitalina Arturo Durazo Moreno, amigo íntimo del presidente de la república, José López Portillo.

En la época de la Masacre de Río Tula yo aún estaba en la preparatoria, así que lo que pudiera suceder en México y se publicara en los diarios me importaba lo que un nabo en el basurero de la central de abastos. Pero luego, apenas a punto de terminar el primer semestre de la carrera de Ciencias de la Comunicación en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales (FCPYS) de la UNAM, asesinaron a Manuel Buendía. La Facultad todavía estaba a un costado del Jardín Central de Ciudad Universitaria, dentro de un patio hermoso, lleno de jardineras, que era una gran sala de lectura al aire libre con mesitas de cemento y sus bancas situadas en sombras arboladas estratégicas, donde presuntamente todo era paz e intelectualidad.

Ese mismo día de consternación sobre el asesinato de Buendía, coincidentemente se dio una corretiza entre un pequeño grupo de narcomenudistas que echando bala a diestra y siniestra, rompieron un corrillo de estudiantes que esperábamos a que llegara uno de nuestros maestros. Un chico travesti de séptimo semestre que gustaba de vestir en tonalidades rosas, con playeras ombligueras, bermudas pegaditas al cuerpo, sandalias y grandes sombreros, como si estuviera en la playa, nos dijo intentando romper la tensión: "Bienvenidos al microcosmos de la realidad, futuros comunicólogos y comunicadores".

La universidad era el mundo real en ese entonces y se vislumbraba violento. Hay sensaciones que no se olvidan jamás, que sólo de evocarlas están vivas, tan nítidas como si estuvieran ocurriendo eternamente: Mis amigos y yo, de pie junto a una jardinera, haciendo un círculo para comentar el asesinato difundido en todos los diarios, del profesor más afamado de la escuela, uno de los mejores periodistas del país. ¿Algún día tendríamos que cubrir ese tipo de noticias entintadas con sangre y seríamos lo suficientemente objetivos y acuciosos para acabar con la corrupción desde los medios de comunicación? Nuestra aspiración estudiantil de ser alumnos de Buendía estaba cancelada y sobre eso discutíamos cuando de pronto un sujeto nos enfrentó como en una película surrealista, como en un mal sueño, a lo que pudo ser una tragedia, metiéndose al centro del círculo de estudiantes, corriendo y rompiendo el grupo de conversación porque detrás de él iba otro hombre con una pistola que accionó al menos dos veces.

Algunos nos quedamos petrificados, otros se tiraron al suelo, casi todos los que estaban en el patio huyeron para encerrarse en los salones de clase de la planta baja o a la oficina de Servicios Escolares. No hubo heridos, no pasó nada. Los narcomenudistas se siguieron de largo hacia el Paseo de las Facultades y se perdieron de vista. Nadie dijo nada más. Allí la policía se negaba a entrar a investigar, aunque las autoridades escolares lo pidieran porque, decían, dicen, Ciudad Universitaria es territorio autónomo. No era la primera vez que vivía una escena así y no fue la última. Ya en la prepa, una bandita de porros había ingresado a punta de pistola al patio de la escuela para secuestrar al hijo de la subdirectora, al cual liberaron horas más tarde con un mensaje político. Por cierto que al porro mayor lo volví a ver muchos años después, bien trajeado, como asistente de un legislador en la Cámara de Diputados. Y no pasó nada.

No pasó nada, aunque poco a poco los diarios y la televisión relegaron las crónicas presidenciales y las cifras maquilladas de éxitos gubernamentales a las últimas páginas para dar preeminencia a la nota roja de la política y las mafias, donde la exposición de cadáveres sin cabeza, hinchados, putrefactos, pozoleados, son ya el reality show que se filtra a mis sueños... con una mínima dosis de adrenalina, sin emoción, mientras me pregunto cuánto más deberemos ver y soñar para experimentar hartazgo en el festín de la autodestrucción social. <<>>


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